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Lo que más amo de Venezuela

Una amiga me dijo, refiriéndose a una de mis fotos: “¡Si esos son los colores de Venezuela, solo quiero imaginarme sus olores y sus sabores, puedo perderme locamente en ellos!”

Por aquí quiero empezar yo Alejandro Rodríguez Venegas con #LoQueMasAmoDeVenezuela, nuestra comida, esa mezcla de sabores que explota en la boca, es una perfecta combinación entre color, olor y sabor, gran parte de la culpa la tiene el ají dulce… ¿Dulce? Eso si es mi gente, dulce como el papelón, gente que se levanta a las 5 de la mañana a seguir luchando por nuestro país, gente echada para adelante, aunque hay unos que se levantan antes, despertando a los gallos con el ruido que hacen, ayudando al cielo a sacar el sol.  

Aquí voy con otra de las cosas que como venezolano me apasiona, la locura de nuestro sol venezolano, en Maracaibo es inclemente que casi te echa un poquito de sal y te va cocinando poco a poco, en los llanos ilumina todas las lagunas y hasta el más mínimo charquito se vuelve un espejo donde se refleja el esfuerzo de nuestros campesinos, que a diario dejan el alma y el corazón en su trabajo; en Mérida te ve, se ríe y corre para que lo veas y trates de atraparlo, y aquí en Cumaná, es suavemente intenso, te agarra de la mano, te lleva a la playa, ahí te regala una de las mejores vistas, te da un beso y poco a poco se va desvaneciendo  en la inmensidad del mar, mientras  las olas bailan al son que la brisa le va tocando; aunque me han dicho que los atardeceres más bonitos son los de Juan griego en el Estado Nueva Esparta (no los he visto), para mí los más bonitos son los que ves, sientes y disfrutas, estés donde estés, aunque si alguien de Juan griego me invita a verlos, no me molesto. 

Otras de las tantas características de Venezuela son el humor, los acentos, la inocencia, la hermandad, la hospitalidad, el carisma, no terminamos de conocer a una persona cuando ya es nuestro “Pana”. Todavía hay gente que comienza una conversación con un “Buenos días, buenas tardes o buenas noches”, la invitación a una tacita de café, negrito, con leche, marrón, guayoyo, dulcito, amargo. 

En Venezuela todavía la alegría nos encierra entre paréntesis a sus habitantes y nos eleva a la enesima potencia, tantas cosas nos definen, tantas cosas tenemos que es difícil enumerarlas. 

Hay algo que amo, disfruto y no me cansaré de hacer, recorrer la anatomía, el cuerpo y el alma de esa mujer que me dío la vida, su alma es su gente, sus tradiciones y costumbres, todo lo que nos toca, pero nosotros no podemos tocar, su cuerpo es simplemente la infinidad de paisajes, pueblos, lugares, rinconcitos que nos esperan con los brazos abiertos y una invitación a recorrerlos y a apreciar las cosas más sencillas de la vida, una mujer que me enseño a tener un corazón tricolor y la sangre Vinotinto, esa mujer perfecta llamada Venezuela.

Por:  Alejandro Rodríguez Venegas

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